El 11 de agosto, los oficiales de ICE en San Diego, California, vivieron una escena digna de cine de bajo presupuesto. Un ciudadano mexicano, dos veces deportado y con una condena por manejar bajo la influencia, que aparentemente pensó que sus habilidades al volante estaban listas para una secuela aunque no lo estaban.
No era su primera aparición. Registros muestran que, en octubre de 2020, con total confianza, hizo no una, sino dos entradas “triunfales” a Estados Unidos, ambas escondido en la cajuela de un carro que cruzó por el puerto de entrada de San Ysidro. Si algo tiene, es consistencia.
Durante una operación federal conjunta, los agentes intentaron detener su vehículo. Pero, en un arranque, el conductor pisó el acelerador, chocando contra dos vehículos del gobierno y lesionando a un oficial federal.

La persecución terminó rápido; al final, chocar patrullas no es un gran plan de escape. Los oficiales lo sacaron del asiento y lo esposaron antes de que la historia llegara a su fin. ICE señaló que esto es otro ejemplo de cómo las llamadas “ciudades santuario” permiten que personas peligrosas sigan haciendo secuelas no deseadas.
El agente especial a cargo de HSI en San Diego, Shawn Gibson, prometió que la violencia contra las autoridades es una trama que no dejarán pasar: “No vamos a tolerar la violencia y estamos resueltos a buscar justicia”.
En todo el país, las agresiones contra oficiales de ICE han aumentado más del 1,000% en comparación con el año pasado, lo que significa que, últimamente, su trabajo se parece menos a un operativo policial y más a una película de acción . La diferencia, lesiones reales, cargos reales y un futuro de deportación.



